|
Me gustaría decir que soy mejor persona de lo que en realidad soy, pero estaría mintiendo. Tampoco puedo decir que sea un monstruo, pero hago daño. Y tú seguramente te preguntes que quién no lo hace, pero comprenderas, amigo, que eso poco puede reconfortarme en este momento. A veces he hecho daño a gente que no se lo merecía. Y últimamente he hecho llorar a dos personas. Una probablemente se lo merecía, pero la otra, sin duda, no. Y esa misma persona me decía que por qué siendo bueno como era, había sufrido tanto. Es lo mismo que me preguntaba una vez tras otra cuando estaba en el hospital: ¿por qué a mí? Y ahora estoy en casa, con la ventana a medio abrir. El sol entra casi con reparo, como si tuviera miedo de molestarme. Y yo me acurruco en la cama, me pongo canciones en italiano y no paro de dar vueltas. Al final ninguna postura es la correcta: ni en la cama, ni en la vida. Pero me gusta correr y sentirme libre. Me gusta ver un atardecer en la playa. Me gusta salpicar el agua y caerme al suelo cuando no puedo hacerme daño. Me gusta reír y sentir que estoy en el momento y en el lugar perfecto. Hace unos meses me sentía encerrada y recordaba aquella frase de 'Desayuno con diamantes', cuando Paul le dice a Holly: "Muy bien, nena, esta jaula te la has contruido tú sola". Creo que por eso siento tanta empatía con Holly. Porque creo que los lazos a veces están mal atados. Porque si los lazos se desatan, ¿tiene arreglo? Y él me mira con sus enormes ojos y las pestañitas largas y espesas, completamente empapadas. Me habla del daño que le hicieron y del pánico que siente a volver a sentir lo mismo. Y yo vuelvo a sentirme mala cuando pienso en lo que haría a esa persona por haber sido tan mala con alguien que es tan bueno. Y zas. Bofetada de realidad. ¿Acaso no te das cuenta, Anna, de que tú has hecho lo mismo? Sólo puedo prometerme a mí misma que no volveré a hacerlo. Y me lo repetiré cada día, para recordármelo. Y tengo que hacerte saber que no todos somos iguales. Me dice que el dolor estuvo guardado durante meses. En realidad, hace casi ya un año. Y yo comprendo lo que dice. A veces no eres capaz de hablar con nadie. A veces las preguntas se amontonan en tu cabeza y se golpean las unas a las otras, para intentar ser la primera en alcanzar una respuesta. Pero, ¿sabes? A veces esa respuesta la trae el tiempo... y la serenidad. Cuando eres capaz de ver las cosas de lejos, desde otro ángulo. Es como cuando juego con mi cámara y los objetivos: todo depende de cómo se mire. Y no siempre hay una respuesta. Pero llega un día en que te sientes aliviado. Un día que encuentras la paz. Y en ese momento, sin ninguna causa aparente, viene todo a la mente y te derrumbas. Te derrumbas hasta que parece que ya no ha quedado nada. Entonces, y sólo entonces, es cuando te puedes empezar a sentir bien. Sabes que en mi caso, no encontré la paz hasta que me topé con la verdad. Una verdad que ya sabía, pero que necesitaba oír salir de sus labios. Y cuando estuve frente a frente con ella, me asusté y tuve miedo. Sin embargo, una noche, todo pareció ponerse en orden. ¿Esperar a estar bien para tomar una decisión o tomar una decisión para estar bien? Corrí todo lo que pude. El resto ya lo sabes. Así que corre lo que necesites. Llora cuanto quieras. Pero lo que nunca debes olvidar es que al final del camino estaré ahí, para secarte el sudor o las lágrimas. Puede que no sea una santa, pero siempre cuidaré de ti. Anna. |
| Leave a Comment: |